Cuando en 1939 estalló la segunda guerra mundial, fue una tragedia. Los judíos, diseminados por todo el mundo, habían hecho asentamiento en Alemania desde hacía ya mucho tiempo, allí cada día celebraban el ritual judío para mantener la fe en Yahveh, pero no en Jesús.
Cada mañana creían que era una oportunidad para afirmar la esperanza de que sus niños, jóvenes, pronto verían el día glorioso cuando Israel pudiera ser el pueblo cabeza de las naciones. Pero, de sorpresa, las fuerzas de Hitler llegaron a los hogares judíos y sacaron de sus casas a mujeres, bebés, niños, adultos sin ninguna contemplación. El holocausto judío es un ejemplo de los sufrimientos que la humanidad recuerda sin que se acepte una explicación comprensible de lo sucedido. Murieron millones de judíos.
En este caso, Dios no dijo en su palabra, con detalles, que eso pasaría. El dijo claramente, que Jesús vino como salvador del pueblo judío, y los judíos lo rechazaron y mataron. Luego de tres años de predicación, realizada por el mismo Jesús, fueron pocos los judíos que lo recibieron en sus vidas. No tuvieron fe en El. Y aún hoy no creen en el nuevo testamento, no oran en el nombre de Jesús. Cuando Hitler vino contra ellos, su oración no iba por el Camino para llegar a Dios.
Hoy los judíos, en su mayoría siguen rechazando a Jesús. En Juan 3:36 dice “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él.” Esta Palabra del Señor, y todo el sufrimiento por el que pasa, debe ser de exhortación para el pueblo judío, que aún en este tiempo, sufriendo muerte y despojos no reconoce al Hijo de Dios.
Otro hecho concreto














