Los seres humanos fueron creados por Dios en la cúspide de la multitud
de obras que esparció en el universo, pero concretamente en este mundo.
Muchos
lo reconocen así, muchos otros lo ignoran y son muchos también que no
quieren verlo. Y todavía entre los que aceptan su grandeza y dignidad,
hay quienes tan sólo encuentran en ello un argumento para poyar su
soberbia, en vez de dar gracias y reconocer la infinita bondad de Dios y
la grandeza de su don.
Por eso es bueno, detenernos en algún momento y observar a los otros seres vivos que nos rodean.
Las
flores no tienen ojos, no pueden mirar, y nosotros no sabemos cuál es
su forma de percibir el entorno. No obstante, vemos el girasol que
orienta siempre su corola al sol, y ciertamente no es el único.
Plantas y flores tienen comportamientos especiales que a simple vista no apreciamos.
Los animales tienen ojos, oídos, y sus sentidos algunas veces son más desarrollados que los humanos que nos creemos mucho.
Lo que Dios nos da como posible
Pero
las capacidades humanas no se agotan en lo sensible, por gracia y
bondad de Dios somos más, tenemos más y podemos mucho más.
Nosotros
podemos mirar al trasluz de lo material lo que está más allá de los
sentidos, es más, podemos alzar la vista y mirar al cielo, y esto no
solamente en sentido literal, sino en sentido espiritual; pero
generalmente no lo hacemos preferimos quedarnos anclados en nuestra
materialidad antes que decidirnos a explorar lo que Dios pone a nuestro
alcance.
Vivimos muchas veces sumidos en el sufrimiento y no alcanzamos a percibir en dónde se encuentra la alegría verdadera, en donde podemos atrapar la alegría que el Señor Jesús nos promete ya desde esta vida y para el futuro de nuestra eternidad.
Ciertamente la alegría podremos lograrla plenamente en el cielo, pero es evidente que mientras vamos por esta vida, tenemos que aprender a vivirla desde ahora.
¿Qué debemos hacer?
Esto
nos lleva a quitar los obstáculos y a poner los medios indispensables
para lograr esa felicidad que se nos promete para el futuro, pero que
tenemos que entrenarnos desde ahora mismo.
Lo vimos en las Olimpiadas, los triunfadores tuvieron que practicar mucho y quitar todo aquello que les impedía competir.
Nosotros
tenemos que quitar, malos pensamientos, malas contestaciones, malhumor,
dominar el mal carácter, será preciso sin duda entrenarnos en ser
amables y solícitos, primero con la familia y luego con todos los que
van pasando a nuestro lado por el camino de la vida.
Sin
duda habrá que renunciar a comodidades y gustos a favor de los que
amamos, y será también tal vez inevitable aprender a sufrir tanto
inclemencias externas como situaciones internas.
No es nada fácil
ni nada extraño, pero son éstas las circunstancias que nos ayudarán a
saltar por encima de todas ellas y ver con ojos nuevos realidades
divinas.
El primer paso, habrá que darlo a través de la
esperanza; acudir a nuestro Señor Jesús para aprender de su Palabra y de
su cómo vivir la nuestra.
ORACIÓN
No es fácil reconocer el cielo como la casa
donde Dios nuestro Padre nos espera,
por eso alzamos la vista hacia el firmamento azul;
allí la esperanza brilla con radiante evidencia
para recordarnos que no todo termina aquí,
que no todo es en vano… y que en un lugar ignoto
encontraremos plasmados todos nuestros anhelos
y estaremos unidos los que vivimos en este mundo
atados con lazos de amor, aunque ahora estamos
temporalmente separados hasta que llegue el día
de ser felices contemplando el rostro de nuestro Salvador.

No hay comentarios:
Publicar un comentario