Ésta es una historia que conmocionó hasta los
cimientos de la iglesia.
Nadie lo esperaba; nadie siquiera lo
imaginaba.
Treinta y cinco años después de
aquellos horrendos hechos se abría una puerta al pasado. Una puerta
cerrada por la vergüenza y, reforzada con mil cerrojos, por más
vergüenza.
Ahora, luego de toda una vida, Ana, la más
rebelde de las hijas, acusaba a su padre de abuso sexual.
Los
familiares y el hermano menor estallaron en furia.
“¡Mentira!”, dijeron; “eres una perversa y mal
agradecida”.
Pasaron sólo unos días
y la otra víctima, la hermana del medio, confirmó con su
propia historia el relato desgarrador de su hermana. Las dos
señalaron que, casi a diario, una u otra eran “llamadas”
al dormitorio de sus padres y, estando el papá solo, las obligaba a
“distintas cosas”. Todo ocurría después del
almuerzo, mientras la madre permanecía en la cocina.
¿Entró alguna vez en el dormitorio o preguntó algo?
¡Jamás! Nunca apareció cuando una de sus hijas estaba a
solas en el dormitorio con su padre.
Los años
cambiaron los calendarios y los tiempos mudaron las estaciones, pero no
lograron aplacar el dolor de aquellas niñas traicionadas y abusadas
en su inocencia más pura.
Hoy, convertidas
en mujeres, viven con profundos conflictos. Nadie sospechó que la
causa fuera el recuerdo de tantas situaciones de abuso que, como un fuego
que consumía, iba in crescendo como la furia de un
volcán.
No podía ser verdad. Si, durante
años, toda la familia se había sentado a la misma mesa;
juntos habían compartido fiestas y cumpleaños;
¿cómo creer en una historia oculta de vejación, abuso
y silencio cuando todo parecía tan normal?
Un detonante
hizo que la verdad fuera puesta al desnudo. El padre abusador estaba en la
cama con sus nietas de “llamativamente” la misma edad que la de
ellas cuando fueron abusadas y, “llamativamente”, la ahora
abuela permanecía ausente en esos momentos. Ese suceso descubierto
por la hija mayor irrumpió en lo cotidiano y, lo innombrable se hizo
palabra, recuerdo vívido y dolor.
La abuela, madre
de aquellas dos pequeñas atrapadas en el tiempo, al escuchar el
relato de sus hijas, ni siquiera manifestó asombro. El hijo
varón, el menor, el único no abusado por su padre, se
sintió morir de la angustia. Entró en shock.
¿Y el abusador?
Usted seguramente se
preguntará: ¿Qué pasó con él? Su esposa
lo defendió y él se victimizó. Dijo que ahora que era
un hombre grande, de casi 70 años; lo único que sus hijas
querían, era matarlo, quitarle el cariño de sus nietas y
destruir la familia.
¿Nunca se le ocurrió a
ese malvado pensar que cuando abusaba destruía vidas, las de sus
propias hijas?
Como si esto fuera poco, este hombre era
líder de una iglesia cristiana. Desde hacía años
oficiaba como tesorero y ayudante pastoral. Un verdadero abusador…
camuflado bajo la religión, oculto bajo las apariencias.
El incesto es el delito más negado y el que
mejor se oculta. No se debe ocultar el incesto, por más vergonzoso
que sea. Creer que el abuso sexual es propio de familias no cristianas es
una mentira que hay que erradicar.
Si usted ha sido
víctima, puede experimentar el poder de la restauración en
este mismo momento. El proceso comienza desde adentro hacia fuera.
Principia con la confesión, es decir, poner en palabras la
remembranza del dolor sufrido. Hágalo en este momento ante el
Señor o busque una persona confiable a quien pueda
contárselo.
El segundo paso consiste en tomar la
decisión de perdonar; el no hacerlo lo lleva irremisiblemente a la
pérdida de la paz interior.
La falta de paz
crea un estado anímico negativo que influye sobre el cuerpo, de tal
modo que surge la tendencia a enfermarse. Numerosas camas de los hospitales
están ocupadas por personas que no quisieron perdonar y el odio
secó su vitalidad. El rencor y la falta de perdón son para
nuestra vida peor que el colesterol alto, el sedentarismo y una dieta no
saludable. El estrés que genera el rencor sobrepasa a los cuidados
que queramos dispensarnos. “Guardar rencor es como tomar veneno y
esperar que otro muera”, D. Carnegie.
Ahora bien,
perdonar no significa volver a tratar al abusador como si nada hubiera
ocurrido. Tampoco significa hacer un esfuerzo para olvidar. Significa
renunciar al dolor, alejarse del ofensor y planificar el futuro a partir de
la decisión de dejar atrás el pasado. Eso es perdón:
no se espera revancha, no se busca vindicación; si ya ha prescripto
el tiempo de la denuncia, deje la justicia en manos de Dios. Otorgue
perdón para que, al abrir la cárcel de su corazón,
quede libre usted mismo.

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