Le apuntaron con una pistola y le preguntaron si creía en Dios. «Tú sabes que creo», contestó
Este es el testimonio de Rachel Joy Scott (5 de
agosto de 1981 – 20 de abril de 1999). Ella fue la primera víctima de la
Masacre de la escuela Secundaria de Columbine, la cual se llevó las
vidas de 12 estudiantes y un profesor, junto con las de los dos autores,
en uno de los tiroteos escolares más mortales de la historia de los
Estados Unidos.
Raquel ha sido desde entonces el tema de varios libros y es la inspiración para Rachel’s Challenge
(el Desafío de Rachel), un programa a escala nacional para la
prevención de la violencia adolescente, figurando los miembros de su
familia como interlocutores.
20 de abril de 1999, once y media de la mañana. En la Columbine Highschool en Littleton, Colorado (Estados Unidos), Rachel Joy Scott,
de 17 años, caía herida a causa de los disparos de dos alumnos que se
precipitaron abriendo fuego indiscriminadamente. Uno de ellos se le
acercó y, apuntándole en la cabeza, le preguntó: «Y ahora, ¿crees en
Dios?». Respuesta: «Tú sabes que creo». Fueron sus últimas palabras, silenciadas por un disparo.
Varios años después de la tristemente
famosa matanza de Columbine, el testimonio de Rachel Joy Scott sigue
tocando los corazones de millones de personas. Su familia fue poco a
poco descubriéndonos el interior de su alma, principalmente con la
publicación de sus poemas, diarios y dibujos.
Rachel era una de esas criaturas que no
merecería morir jamás. Joven alegre, estudiosa, con deseos de ser actriz
y muy religiosa; se tomaba en serio su amistad con Cristo. Así lo
demuestra uno de sus escritos: «¡Ve tras de Dios! Donde sea que quiera
llevarte, ve. Y no pongas la excusa “sólo soy un adolescente” o “lo haré
cuando crezca”, porque no es así como funciona. ¡Dios quiere conocerte
ahora!».
Rachel no quería ser «etiquetada como
una simple estadística», como escribiría, sino que tenía muy claro qué
es lo importante en la vida. Lo sintetizó perfectamente en la portada de
uno de sus diarios: «Ni para provecho de mi gloria, ni para provecho de
mi fama, ni para provecho de mi éxito. ¡Por el provecho de mi alma!».
Era muy consciente de que lo que hacía
tenía un sentido de eternidad. Sus poemas son los que, sin duda,
transmiten mejor esta visión: «¿Qué pasaría si murieras hoy? ¿Qué sería
de ti? ¿Adónde irías? No tienes asegurado el mañana, sólo es una
posibilidad. Y puede que no la tengas. Y después de la muerte, ¿qué?
¿Dónde piensas pasar la eternidad?». Y concluía con esta resolución: «La
eternidad está en tus manos, ¡Elige!».
Pero lo que tal vez impresiona más, entre todo el material, es el dibujo
que pintó quince minutos antes de su muerte: sus ojos, de los que se
desprenden trece lágrimas cayendo sobre una rosa. ¿Qué es lo
extraordinario? Que trece fueron las víctimas esa mañana y que muchas
confesiones cristianas en los Estados Unidos simbolizan la Resurrección
de Cristo con una rosa (en inglés “rose”, que, en un juego de palabras,
se traduciría “Él resucitó”).
El 20 de abril de 1999, en Littleton (Colorado), dos estudiantes de los
cursos superiores del Columbine High School, Eric Harris de 18 años y
Dylan Klebold de 17, realizaron un asalto al instituto. Pertrechados con
armas de fuego, cuchillos y bombas, los dos adolescentes esperaban
asesinar a cientos de estudiantes. En un ataque desenfrenado que duró 49
minutos, Eric y Dylan asesinaron a doce estudiantes y a un profesor
antes de suicidarse. La tragedia de Columbine fue la peor matanza que
tenía lugar en un instituto en la historia de Estados Unidos.
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