Solicitaba noche a noche la intervención divina que pudiera aliviar parte de la incertidumbre que esa, y otras situaciones, lo obligaban a vivir en constante estrés. Quizá por eso, el consuelo divino era constantemente socorrido.
El señor Treviño era un conservador y comedido empresario regiomontano que, preocupado por la falta de seguridad en Monterrey, decidió mudarse con su familia a Puebla; su destino final fue un cómodo condominio horizontal de clase media acomodada en el camino a Cholula. Corrían los primeros meses de 2002.
















































